Sunday, October 23, 2005

Cuando tenía quince años leí un libro de Turgeniev que, lamentablemente, me va a perseguir 15 años más, por lo menos.
Su argumento es este: un adolescente llega a una casa de campo, propiedad de uno de los hombres mas ricos de la región. No me acuerdo de porqué aparece ahí. Seguramente fue contratado como preceptor de los hijos del latifundista. Obviamente, el jóven viene de Moscú o de San Petersburgo. Leyó mucho, y no solamente está al tanto de la última moda, sino que también sus ideas son avanzadas. En una palabra: es un intelectual y es hermoso como Werther y entre clase y clase inocula a los jóvenes el virus de la aventura y de la revolución, un poco a la manera de los primeros capítulos de El siglo de las luces, de Carpentier, salvo que en el libro del cubano los jóvenes están solos, en cierta forma son huérfanos y los huérfanos, sabemos, están a medio paso de la aventura y de lo que sea, y en el del precursor Turgueniev los jóvenes alumnos no son huérfanos y la revolución les queda a miles de kilómetros de distancia. Por supuesto, esta lejanía a nadie le importa, y mucho menos le importa a la mayor de los hermanos rusos, una joven lindísima y muy lúcida que empieza a soñar con una vida bohemia en Paris, en compañía, claro, de su preceptor. Al principio, el joven intelectual moscovita (ponele que es moscovita) se siente no solamente complacido sino también satisfecho por el amor que demuestra su alumna, pero después, ante las perspectivas de futuro que se despliegan frente a él como cartas, empieza a dudar. Primero, duda de que el amor de la perrita sobreviva a las estrecheces cotidianas de una vida a salto de mata, aunque esa vida se desarrolle entre Paris y Venecia o entre Paris y Ginebra. Después duda de sí mismo, una cosa es predicar el cambio, otra muy diferente es intentar llevarlo a cabo. Acto seguido mide la reacción que pueda tener el padre de su alumna, que lo aprecia como preceptor y como intelectual y que no dudaría, llegado el momento, en prestarle ayuda mediante sus influyentes contactos en Moscú (o en San Petersburgo) para que nuestro héroe consiga un trabajo mucho mejor y empiece a edificar un futuro seguro, y posiblemente hasta brillante, pero de ninguna manera toleraría que su hija se case con él. Finalmente piensa en sí mismo: en lo que quería antes y en lo que tendrá si haciéndole caso a su corazón escapa con la heredera desheredada.
Hasta acá la historia es vulgar. Lamentable, pero vulgar. En líneas generales ahí está toda la novela, similar al Rojo y negro (aunque infinitamente menor). Por descontado, el jóven y hermoso intelectual opta por la seguridad y rechaza con elegantísima elocuencia a su joven enamorada, la cual, creo, se casaba con su anterior novio, un flor de pelotudo, demostrando que era o bien no tan inteligente o bien una masoquista inapelable. Pero entonces, cuando la novela está consumada y el lector espera el punto final, viene lo mejor de la novela. El joven intelectual se da cuenta de golpe de que está enamorado de la heredera. Y también se da cuenta, de golpe, de que su actitud fue vil, infame, miserable, poco hombre, mariquita. Creo (no estoy seguro) que le escribe una carta a la joven y después intenta suicidarse en los extensos jardines que rodean la casa de campo. No lo consigue y en una sola noche descubre su amor y su cobardía. Al día siguiente, sin cartas de recomendación, se va de la casa. En Moscú, reintegrado al mundo, desaparece. Nadie sabe nada más de él. Pasan treinta años. El último capítulo o los últimos párrafos describen con mucha simpatía una barricada en Paris, defendida por los pobres, por los desheredados, pero también por los aventureros y por los bohemios llegados de todos los rincones de europa. El ejército carga contra la barricada. Un viejo de pelo blanco en el que se adivinan los restos disueltos de una perdida apostura envalentona a los defensores desde lo más alto del frente de la barricada. Una bala lo derriba. Unos desconocidos o unos amigos lo llevan hasta su habitación de extranjero pobre. El viejo agoniza hablando en ruso y Turgeniev sugiere que no solamente encontró el valor sino también el puente en llamas que une a las palabras y los gestos. Hasta la última frase esperé, cuando tenía quince años, a que apareciera de golpe su antigua enamorada para acompañarlo en su muerte. Pero la enamorada no apareció jamás.

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